Opinión· Rock Al Parque
Rock al Parque 30 años: ¿éxito masivo o una ilusión para la escena local?
¿Se puede determinar el éxito o el fracaso de Rock al Parque solo con el número de asistentes como referencia?
Alex Borda13 de octubre de 20265 min de lectura

Rock al Parque cumplió oficialmente treinta años, y un factor importante que hay que reconocer es que ese tiempo lo ha llevado a convertirse en un estandarte cultural de la ciudad de Bogotá. Tratar de restarle importancia a este escenario sería mandar a la basura años de trabajo y resiliencia por parte de una escena rockera que se niega a quedar en el olvido.
Sin embargo, reconocer su importancia no lo hace inmune a las críticas y las conversaciones incómodas (y a veces repetitivas) que son pan de cada día en fechas previas y posteriores a que se lleve a cabo el evento. Por el contrario, al colocar al festival en la posición que se merece, dichas conversaciones se convierten en una necesidad en pro de hacer mejor una experiencia que le pertenece a los bogotanos.

La edición 2026 llegó a su fin, y para los libros quedarán registrados hitos históricos en cuanto a la asistencia del público: desde la masiva llegada de gente el sábado, con un aproximado de 191.000 asistentes (número nunca visto en una jornada de apertura), hasta el global de 561.000 personas sumando todo el puente festivo. Estos números a simple vista podrían contar una historia de éxito, podrían hablar de una industria rockera fuerte y masiva que se desarrolla en Bogotá; sin embargo, acá es donde cabe la siguiente pregunta: ¿se puede determinar el éxito o el fracaso de Rock al Parque solo con el número de asistentes como referencia? Ciertamente, la respuesta varía según la perspectiva desde la que se aborde, y antes de analizar las cifras, convendría mejor revisar los objetivos del festival y el impacto de estos mismos en la industria musical de la ciudad para así llegar a una conclusión.
El Concejo de Bogotá, mediante el Acuerdo 120 de 2004, declaró al festival Rock al Parque como evento de interés cultural. En aquel acuerdo firmado hace ya más de 20 años se especificaron los objetivos del evento:
• Integrar a la población joven de la ciudad en los programas institucionales de cultura.
• Fomentar, dar participación y visibilidad a los mejores creadores distritales de música popular urbana contemporánea.
• Promover la convivencia y el respeto de las normas legales vigentes a través de las mejores actitudes ciudadanas.
https://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/normas/Norma1.jsp?i=14041 (se abre en una pestaña nueva)

Si miramos el festival desde la perspectiva netamente cultural y de integración, los números vistos este año nos hablan de un aparente éxito en la consecución de objetivos y su impacto es indiscutible. El parque Simón Bolívar abrió sus puertas y a través de ellas pasaron las multitudes para apoderarse de dicho espacio en torno a la música. Al parque suelen arribar distintas generaciones, personajes de todo tipo y una diversidad de gustos musicales y estilos de vida que conviven y se mezclan entre sí; aquello de fomentar la convivencia se puede considerar un objetivo cumplido.
Ahora bien, si hablamos de la participación y visibilidad de los artistas locales, esos números toman diversos matices. Por un lado, los 30 años de Rock al Parque vieron un aumento considerable en el total de agrupaciones presentes en el cartel con respecto al año anterior —esto gracias a la apertura de una nueva tarima—, pasando de 56 bandas en 2025 a un total de 83 en la edición 2026, de las cuales 46 correspondieron a agrupaciones colombianas (distribuidas entre convocatoria distrital, beca LEP e invitados distritales y nacionales). La participación de artistas locales fue de poco más del 55 % con respecto a la totalidad del cartel, con lo cual podríamos decir que el objetivo se cumple. El dilema viene al observar la otra cara de la moneda: si hablamos del impacto real que tuvo el paso por Rock al Parque para estos artistas locales, la cosa cambia.
Como siempre, los principales afectados por la ilusión de éxito que se marca con los números registrados en cuanto a asistencia son los artistas y bandas que llegaron al festival por cuenta de su esfuerzo y trabajo mediante la convocatoria distrital. Si sacamos de la lista agrupaciones de renombre local como Kraken o incluso Darkness (invitados nacionales), son pocos los artistas restantes de la lista que de verdad se beneficiaron de la masiva concurrencia de público. La foto es distinta si se ve a las 3:00 p. m. que si se ve a las 7:00 p. m., y este contraste demuestra que el foco de interés del público no está puesto en las propuestas locales y que aquellas masas que se presumen en fotos oficiales llegaron al festival para aprovechar la oportunidad de ver a Stratovarius, Mon Laferte, Rata Blanca y demás invitados extranjeros; cosa que no está mal si analizamos el primer objetivo, pero pone en tela de juicio el impacto del segundo, dando relevancia a una serie de preguntas que se repiten año tras año: ¿Cuántos de esos 500.000 asistentes a Rock al Parque 2026 saldrán el próximo fin de semana a ver un toque de una banda local vista en las tarimas del festival? ¿Cuántos de ellos comprarán un disco o una camiseta de una banda distrital?
Volviendo a la realidad de la escena local, esos astronómicos números del festival no se transforman en una repercusión real que cambie el diario vivir de los artistas. La ilusión se va cuando se retorna a los bares y pequeños locales en los que sobreviven a rastras las bandas distritales, y vuelven entonces las preguntas: ¿Dónde está la gente? ¿Qué pasa con el público los 362 días del año que quedan al quitar del calendario a Rock al Parque?
Más allá de pretender buscar culpables, estas preguntas solo sirven como una invitación al análisis, tanto para el público, la organización, los artistas, los medios de comunicación y todos los que en mayor o menor medida formamos parte del entorno del rock y todos sus derivados. Rock al Parque es y seguirá siendo nuestra mayor ventana de exposición ante el mundo, pero si los objetivos que se buscan son solo de cantidad de asistentes, por encima de la calidad de estos (véase la palabra calidad como una referencia a un público comprometido con el apoyo a lo nacional), el estancamiento de la escena local solo seguirá haciéndose más duradero, haciendo cada vez más difícil su evolución a una verdadera industria que se sostenga en el tiempo.
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Periodista y fotógrafa de la escena extrema colombiana. Empecé a escribir sobre lo que pasaba en los sótanos de Bogotá porque no encontraba quién lo contara, y de ahí salió Ecos del Duat. Me interesan el death metal de la vieja guardia, el punk que nunca se acomodó y las bandas que llevan diez años tocando sin que nadie las nombre. Si tu banda saca disco, escríbeme: lo escucho completo antes de opinar.
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